Por Elvira Sánchez-Blake
¡Firmes por el bosque! Gritaban los felinos.
¡Juntos por la vida!, respondían los lobos!
En el bosque del sur se celebraban los comicios para elegir al jefe. No era una tarea fácil. Los ánimos se enardecían cada vez que alguno de los equipos de campaña lanzaba sus consignas.
Esta vez había mucho en juego. El clan de los lobos había detentado el poder en los últimos tiempos, pero no les había ido bien. La inseguridad se había acrecentado en las fronteras, la comida era escasa, y para colmo, el jefe de los bosques del norte, un orangután anaranjado que dirigía una tropa de simios, amenazaba con tomar el control del territorio del sur. Su poder era inigualable y su ambición desbordada. Su objetivo, hacerse con una planta de pepas rojas que causaba alucinaciones y generaba cuantiosas ganancias entre los habitantes de todo el territorio boscoso.
El jefe de los lobos se oponía a que el orangután se apoderara de sus territorios y, mucho menos, de la planta sagrada. Por eso, había dispuesto leyes y medidas para impedir la invasión del ejército de monos salvajes. Sin embargo, el jefe de los felinos —un tigre sin rayas— se había lanzado como el aspirante a gobernar las fértiles tierras del sur.
Convencido de que saldría elegido con la ayuda del orangután y sus aliados del norte, el tigre lanzó una campaña provista de dádivas y promesas que calaron en el corazón de los animales.
¡Firmes por el Bosque! Era el lema que enarbolaban sus seguidores.
¡Defensores del territorio! Repetían en coro las hienas y chacales.
En una primera votación se presentaron varios candidatos: una paloma sin plumas por el clan de los chacales; un leopardo de temperamento tibio, de parte de los moderados; una gacela de armas tomar, representaba a los sensatos; y el lobo de colmillos férreos, defensor de la soberanía y de la protección de los recursos naturales. El lobo y el tigre se enfrentaron en la elección definitiva.
La furia se desató entre los bandos. Injurias, dardos y desmanes fueron los acicates de unos comicios enardecidos. Los felinos acudieron a la ferocidad de su especie: acecharon con sigilo, atacaron con sevicia y socavaron la confianza del enemigo. Los lobos respondieron con fiereza y valentía. Sin embargo, al final el tigre sin rayas resultó ganador.
El más complacido con este triunfo es el orangután mayor, el líder de los bosques del norte. Sabe que el tigre le rendirá honores, enarbolará su bandera y entregará la soberanía del bosque y sus recursos. En especial, la planta de las pepas rojas, tan apetecida por sus súbditos, el mayor tesoro que acrecentará su riquezas y poderío.
Moraleja: desconfiar de los tigres sin rayas.