Hipatía
de Alejandría (Fragmento Travesía)
14
de marzo de 415
La
guía que había conocido la noche anterior en la cena nos condujo hasta un
ascensor. Nos dirigíamos a la primera excursión del Crucero: Alejandría, tour por la ciudad histórica. Apenas conteníamos la emoción de encontrarnos en este lugar mítico y maravilloso.
Cuando se abrió la puerta, entraron ocho personas. La Guía me hizo señas de esperar el próximo
turno porque el cupo estaba completo. Mi esposo hizo ademán de
salir, pero la joven lo frenó con una frase amable, «no se preocupe
señor».
Me miró con una sonrisa y me dijo:
—Ahora
empieza su aventura. Esta la tiene que hacer usted sola.
Intenté
preguntarle a qué aventura se refería, pero ella se mantuvo en
silencio mientras me llevaba hacia otro ascensor al fondo del
vestíbulo. Nos paramos frente a una puerta de hierro pesada, y al
abrirla, vi las rejas que se usaban en los ascensores del siglo
veinte, en desuso desde hacía varias décadas.
La
guía descorrió las pesadas rejas, me hizo entrar y pulsó unos
números: 14-3-415 AD. Luego hizo lo mismo en una especie de control
que llevaba en la mano. Yo no entendía nada. ¿Qué significaba
14-3-415 AD? La oscuridad y el silencio reinaron en el recinto.
Experimenté una suerte de mareo por el movimiento inusual del
aparato; sentí que atravesaba un pasadizo profundo y me desvanecí.
Cuando recobré la conciencia se abrió la puerta y una luz intensa
me cegó.
La
visión se hizo más clara y me hallé ante un espectáculo
asombroso. Frente mí se desplegaba un mundo como de película
antigua. Columnas griegas monumentales y templos sin rastro de
ruinas; una plaza empedrada en donde caminaban aldeanos vestidos con
túnicas y carros halados por caballos. Hablaban una lengua
desconocida. La
guía que antes me había dejado en el ascensor apareció vestida con
una túnica al estilo griego con la cabeza cubierta y me explicó:
—Esta
es su primera parada. Se encuentra en Alejandría el 14 de marzo del
año 415. Conocerá a Hipatía. Estos audífonos le permitirán
comunicarse en su idioma. Me entregó un control y dos dispositivos
con un par de auriculares. Cada dispositivo tenía un control de
canales que permitían elegir el idioma con traducción simultánea.
—Aproveche
la entrevista con Hipatía —prosiguió la guía—. Cuando termine,
regrese a este punto y oprima este botón azul en el control, lo que
me indicará que está lista para llevarla de regreso. No permita que
se agote la batería, pues no hay forma de recargarla. Ah, retírese
el reloj y las joyas; no deje ver nada que la identifique con su
tiempo. Me examinó el rostro y me entregó un pañuelo húmedo para
limpiar el poco maquillaje que llevaba. Luego me dio un paquete y me
ordenó:
—Póngase
esta túnica con el manto sobre la cabeza y sujétese el cabello con
esta pinza. Evite llamar la atención.
Obedecí.
Me vestí con la túnica cruzada sobre el pecho y atada en la
cintura con una faja. Luego cubrí mis cabellos con una especie de
mantilla que caía sobre los hombros. Me sentí transportada a otra
dimensión, como una estatua griega lista para una gran aventura.
La
encontré sentada en el ágora frente a sus alumnos que la escuchaban
embelesados. Me coloqué el aparato con los audífonos en las orejas
y los cubrí con la mantilla lo mejor que pude. Mi piel cetrina y
rasgos mestizos pasaron desapercibidos entre la congregación que
rodeaba a la maestra.
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Hipatía de Alejandría |
Hipatía
hablaba despacio y con seguridad. Leía de un pliego de papiro que
iba desenrollando poco a poco. Aunque no entendía nada de lo que
decía esa mujer de mediana edad, me sorprendió la convicción de su
voz firme y ademanes moderados. Vestía una túnica de color púrpura
con un cordel amarrado a la cintura y llevaba una especie de manto
que cubría uno de sus hombros y caía al descuido sobre su falda.
Acomodé mis auriculares y pasé varios canales en el dispositivo de
traducción hasta que encontré el número que me traía un lenguaje
reconocible. Era griego antiguo.
Al
principio era difícil comprender sus palabras porque el sistema de
traducción no era preciso. Poco a poco me fui acostumbrando a su
tono y a sus gestos, que decían más que las palabras. Lo que más
me impresionaba era la concentración de sus estudiantes. El grupo
estaba compuesto por unos diez jóvenes de tez oscura y dos
jovencitas que parecían esconderse tras unas columnas. Cuando
terminó de leer el pergamino, Hipatía mostró unos aparatos
rudimentarios al tiempo que escribía sobre un lienzo con un
estilete. Notaba que eran objetos curiosos para la audiencia. Hipatía
hablaba de la unión entre materia y espíritu, trazando un paralelo
del cuerpo y el alma. Identifiqué la grafía ψυχή, que recordé
de mis cursos universitarios como “psiquis”.
Al
término de la sesión, ella notó mi presencia. Tras el primer
instante de perplejidad, me indicó con la mano que me acercara.
Me
presenté con gestos y señalé hacia la costa, con la esperanza de
que ella comprendiera que venía del otro lado del mar. Luego le
mostré los audífonos y la animé a usar el dispositivo extra que
llevaba conmigo. Ella lo miró con curiosidad sin saber qué hacer.
Esperaba que aceptara el instrumento como algo novedoso y lo
intentara. Le indiqué cómo ajustarlo en las orejas y comencé a
hablarle.
—This
is an instrument to translate languages —dije. No pareció
comprender, pero escuchaba el sonido que le llegaba a sus oídos.
—Me
miró sorprendida y en sus labios apareció una sonrisa. Le había
hablado en inglés, obedeciendo al instinto de comunicarme en el
idioma más reconocido en el mundo, pero ella pareció confundida.
Cambié
los canales hasta encontrar español-griego y me apresuré a repetir:
«Este es un instrumento traductor de lenguas». Hizo un gesto de
asentimiento.
—¿Cómo
puede ser? La escucho y comprendo su lengua, aunque usted habla en
otro idioma muy diferente. ¿Qué lengua es?
Me
invadió la emoción al comprobar que el sistema funcionaba. Ella
hablaba en griego y mi dispositivo lo traducía al español. Tendría
que pensar mi respuesta para no delatarme. Era evidente que el
español no estaba desarrollado todavía en el año 415. Lo más
similar sería el latín.
—Mi
lengua deriva del latín. Vengo del otro lado del océano, donde se
habla este idioma —respondí. Ella lo escuchó en la traducción
simultánea al griego a través de sus audífonos.
Hipatía
pasó de la primera sorpresa al asombro. Miró los audífonos con
curiosidad y luego de ajustarlos de nuevo a sus orejas, me preguntó:
—¿Y
por qué ha venido?
—He
oído hablar mucho sobre Hipatía de Alejandría. Deseaba conocerla y
conversar sobre sus experiencias.
—¿Quién
le habló de mí? ¿Cómo pueden saber sobre Hipatía en otras
tierras más allá del mar si yo nunca he salido de mi pueblo?
—Su
fama se ha extendido por todo el orbe. Cuentan que Hipatía es una
mujer con gran conocimiento sobre filosofía, ciencias, geometría y
astronomía. ¿Es esto cierto?
Hipatía
se sintió estimulada y comenzó a hablar:
—Mi
padre Teo, un gran filósofo y astrónomo me inició en la filosofía
desde pequeña y tuve la fortuna de asistir a la academia bajo su
protección. He dedicado mi vida a leer y a comprender cómo
funcionan los astros, las formas geométricas y cómo se relacionan
con la filosofía que nos viene de los antiguos sabios.
—¿Ha
encontrado alguna barrera en su educación?
—En
realidad, mi padre y mi posición me han dado entrada a muchos foros
que no son accesibles para mujeres. Sin embargo… —Hipatía miró
hacia los lados y calló de repente.
—Sin
embargo… —la alenté a seguir.
—¿Sabe?
Es mejor que continuemos la conversación en otra parte —dijo, y se
quitó los audífonos. Temí que las pilas se agotaran sin provecho.
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| Alejandría en la antigüedad |
Le
hice señas a Hipatía para que me entregara el dispositivo y lo
apagué. Luego caminamos en silencio. Atravesamos calles angostas y
senderos empedrados flanqueados por impresionantes columnas jónicas
con capiteles que remataban en estatuas de mármol de diversos
tamaños. La perfección de los detalles era asombrosa. Sin embargo,
noté que la gente nos miraba con suspicacia. A pesar de mi intento
por pasar desapercibida, mis rasgos llamaban la atención y unos
hombres que parecían guardias por la armadura y los cascos
espartanos, se fijaron en mí con extrema curiosidad. Hipatía
apresuró el paso y me hizo señas para que me adelantara con prisa.
Por
fortuna, no tardamos en llegar a su casa: una sólida construcción
de piedra, con columnas robustas y capiteles de sobrio estilo dórico.
La luz del la tarde despedía destellos sobre las vetas de mármol.
En la entrada nos recibieron varias personas que se inclinaron ante
Hipatía y yo la seguí un poco intimidada. Ella intercambió unas
palabras con quienes parecían ser sus sirvientes. Eran muchachos
jóvenes, de piel color aceituna y ojos de mirada profunda, que me
miraban con desconcierto. Uno de ellos, con unos ojos vivaces, me
preguntó algo que no entendí. Hipatía respondió por mí.
Nos
sentamos en una amplia sala donde pude apreciar ánforas de diversos
tamaños que decoraban la estancia. Al fondo divisé una serie de
objetos: un aparato que semejaba un telescopio erguido hacia el
cielo con un tipo de lente rudimentario, y una serie de instrumentos
musicales de cuerdas. Pude identificar liras y cítaras como las que
había visto en el museo arqueológico de Atenas. La sala se abría
hacia un magnífico jardín rodeado de fuentes naturales y estatuas
de las deidades del panteón griego. Los sirvientes nos ofrecieron
una diversidad de viandas, incluyendo carnes, frutas secas, dátiles,
higos y aceitunas. Hipatía se lavó las manos en una jofaina que le
ofreció una joven y se las secó con una tela de algodón antes de
coger un trozo de carne y vegetales con la mano. Yo la imité torpe
en mis movimientos; recordé que esta tradición no se alejaba mucho
de la que practican en Marruecos o en Etiopía.
Volví
a acomodar los auriculares y ella hizo lo mismo. Reanudé la
conversación.
—Quisiera
saber si hay obstáculos que se oponen al conocimiento.
—Sí,
las hay —respondió—. Desde que han entrado en vigor las sectas
cristianas, sus sacerdotes se resisten a la investigación de los
astros y las matemáticas. En nuestra tradición griega los dioses
son afines al conocimiento. No hay oposición sobre el funcionamiento
de los astros y las estrellas, y la filosofía se abre hacia todas
las ciencias.
—¿Y
por qué se oponen las sectas cristianas? —inquirí.
—Los
cristianos son una secta derivada de los judíos que siguen a un
profeta llamado Jesús. —Me hablaba como ilustrándome sobre algo
que se insinuaba como novedad—. Ellos profesan una filosofía
idealista que se basa en la creencia de un solo dios, al igual que
los judíos. Y ahí es donde empieza la confusión. El dios de los
judíos es también el de los cristianos. Sin embargo, ellos también
creen que el profeta Jesús es hijo de Dios. Los cristianos católicos
han propuesto que haya tres dioses en uno solo, lo que llaman
trinidad, pero muchos no están de acuerdo. Esto ha creado disidencia
entre ellos mismos.
—Conozco
algo de eso. Nunca se pondrán de acuerdo. ¿Qué pasa con los
cristianos?
—Bueno…
—se quedó pensando y me miró con aprehensión.
—¿Usted
es cristiana?
La
pregunta me tomó por sorpresa. Claro que soy cristiana y para colmo,
católica, pensé, pero eso no se lo podía decir.
—No
se preocupe. Yo no vengo de parte de nadie. Mi interés es por usted
y sus ideas.
Un
poco más confiada, me confesó:
—El
obispo Cirilo ha prohibido que yo enseñe y que investigue. Me ha
amenazado con despojarme de mis instrumentos y de mis códices. Yo le
he tratado de explicar que no tengo ninguna animadversión con la
figura de Cristo. La filosofía de Cristo es admirable. Él propone
el amor como la base de su doctrina. Eso es maravilloso. El problema
son sus seguidores, que tratan de imponer sus creencias a través del
odio y la violencia.
Probó
uno de los higos y continuó,
—El
asunto es muy complejo. Son los personajes como el obispo Cirilo, el
máximo jerarca de la Iglesia cristiana, los que intentan demoler y
destruir la herencia de los griegos. ¿No se da cuenta de que
nuestros dioses han sido inspiración para el dios de los cristianos?
Las deidades se revelan en la belleza de la naturaleza, en la
inteligencia de los cuerpos celestes, en la maravilla del arte y en
la búsqueda de la verdad. La divinidad está presente en la
conjunción de materia y espíritu.
—¿Y
por qué se opone Cirilo?
—Todo
empezó cuando algunos de mis alumnos expusieron sus teorías sobre
los astros y la concepción de que el sol no es un astro fijo en el
cielo (Ouranos).
Me
llamó la atención el uso de esa palabra, que reconocí por el
nombre del planeta Uranio, referida al universo o firmamento en el
sentido más extenso, lo que se conoce como morada espiritual.
—Intentamos
demostrar con cálculos matemáticos la unión armónica de tierra y
cielo en los sentidos natural y espiritual —prosiguió Hipatía—.
Estamos investigando con instrumentos las relaciones de los astros
con la tierra. Se quedó pensando y pareció temerosa de lo que diría
a continuación,
—Hay
evidencias para presumir que el sol no es un ente estático, sino que
tiene una órbita en forma de elipse, alrededor de la cual giran los
planetas…, inclusive la tierra.
—Tiene
mucho sentido —afirmé.
—¿Usted
cree? —preguntó sorprendida.
—Claro
que sí. Es la teoría heliocéntrica. Ha sido estudiada en muchos
círculos de conocimiento. Recordé que Giacomo Bruno y Galileo
fueron condenados por herejía siglos más tarde por exponer y probar
estas mismas teorías.
—No
lo sabía —replicó, y sus ojos irradiaron súbito interés—.
Quisiera saber más.
Lamenté
mi falta de atención a los asuntos astrales, porque no me sentía
capacitada para explicarle en términos científicos los postulados
del heliocentrismo que ella anhelaba conocer. Así que proseguí por
el lado que me interesaba.
—¿Y
por qué el obispo Cirilo se opone a estas teorías?
—Según
la secta cristiana, su dios es el único creador de todas las cosas.
Nadie puede oponerse a la certidumbre de que él creó el mundo en
siete días, incluyendo los astros, el cielo, las estrellas, las
montañas y los mares. La posibilidad de que se demuestre que la
tierra no es el centro del universo se convierte en herejía. Los
romanos cristianos se apoderaron de esa palabra hairetikós,
que originalmente significa “elegir”, para condenar a los que no
creen en los dogmas impuestos como “verdades establecidas”. Es
decir, que yo me encuentro en una situación delicada porque no me
suscribo a estas “verdades”.
—¿Qué
piensa hacer? —No podía advertirle que debía huir, que saliera
tan rápido como pudiera. El obispo Cirilo daría la orden de
ejecutarla de la manera más atroz. ¿Cómo impedir lo que estaba
segura de que iba a suceder? Las baterías empezaban a disminuir la
carga y el sol descendía sobre el horizonte. Yo debía volver al
barco antes del anochecer.
En
ese momento se oyeron ruidos. Uno de los sirvientes se asomó y le
habló en susurro a Hipatía. Ella se alarmó y le dijo algo en
respuesta. Traté de indagar qué ocurría, pero ella no dijo nada.
Se apresuró a terminar de comer y me respondió con ansiedad
contenida:
—Seguiré
dictando mis clases. Desde que murió mi padre he tenido que
arreglármelas sola. El prefecto Orestes me protege y creo que él no
permitiría que me pase nada. Pero también sé que los cristianos
son implacables. Quieren imponer sus creencias en forma violenta. Lo
cual contradice su doctrina basada en el amor. Al menos, eso fue lo
que predicó el profeta nazareno. Hace un tiempo atacaron con
violencia el Sarapeo, rompieron las estatuas, destrozaron el templo y
todos sus haberes. Yo alcancé a salvar algunos códices, pero temí
por mi vida.
—¿La
persiguen por ser mujer o por su conocimiento?
—Los
griegos admiran la sabiduría en todas sus formas. Las diosas del
panteón griego están dotadas de fuerza y de sabiduría. Las ninfas,
las náyades, las musas, aún las furias y las Moîrai.
Identifiqué
la palabra “Moira” que se atribuye a las parcas o hilanderas que
trazan el destino de la vida. Hipatía continuó:
—Es
cierto que en la vida diaria se les confina a las mujeres al hipogeo
y al gineceo y a labores menores. En el caso de las nuevas creencias,
el mandato es absoluto: las mujeres son las incitadoras a lo que
ellos llaman “pecado”. Y se oponen a las leyes naturales del
placer carnal. Algo con lo que no estoy de acuerdo.
—Pero
usted no tiene marido ni hijos? ¿Por qué no conformó un hogar?
—Fue
una decisión personal. Intento seguir las doctrinas que nos dejó
Platón. Por eso he ofrecido mi vida a la búsqueda de conocimiento y
de la verdad. Tampoco quiero estar ligada a un hombre que me controle
o me someta a sus designios. Se puso de pie y afirmó con orgullo:
—Soy
dueña de mi saber y de mis decisiones.
Me
miró en un tono de solidaridad al decir estas palabras, y agregó,
—¿Usted
me entiende?
—Claro
que sí. La entiendo y comparto su posición.
De
pronto extrajo un pergamino de una especie de cofre y me lo dio. Lo
examiné con cuidado sin entender de qué se trataba. Entonces, me
explicó:
Es
un volumen que estoy escribiendo. Es un estudio sobre el sol y la
duración del año. Me baso en la teoría de que los planetas giran
alrededor del sol. También me refiero al descubrimiento de la
precesión de los equinoccios.
Miré
con atención los pergaminos. No comprendía los signos griegos, pero
pude captar algo de los diagramas que dibujaban los astros y el sol
en el centro de ellos. Entonces
recordé que El
Libro
III del Almagesto
contenía un texto de Hipatía. No todo estaba perdido. Era su obra
más reconocida y en la que dejó su huella en la historia.
—Continúe
escribiendo e investigando mientras pueda —le pedí, casi
implorándole, con la certeza de que su tiempo se acababa.
Le
devolví los pergaminos y ella se
quedó mirándome con curiosidad.
—Dígame
cómo es que ha llegado hasta aquí sola, en una travesía por el
mar. No se le ve cansada ni desgastada. ¿Cómo se arriesga a un
viaje en una tierra en donde no sabe ni la lengua ni las costumbres?
¿Por qué conoce sobre las leyes de los astros que tanto hemos
estudiado?
Me
salvó el regreso del sirviente, quien se acercó y le dijo algo al
oído. Me di cuenta de que era hora de partir.
—¿Pasa
algo? —me atreví a preguntar.
—Son
los parabolanos, la guardia armada del obispo Cirilo. Han advertido
su presencia. Quieren saber quién es y qué hace aquí. Pueden ser
muy violentos. Es mejor que se marche.
—¿Cómo
hago para regresar al puerto? Me espera el barco que zarpa esta
noche.
—¿A
dónde? ¿Cuál es su próxima parada?
—Por
favor, ayúdeme a regresar al barco sin que lo adviertan los
parabolanos.
Estas
últimas palabras se oyeron recortadas. Las pilas se estaban
agotando. Ella trató de responder, pero ya no la escuché.
En
un último momento, me hizo señas para conservar los audífonos.
Supongo que esa invención maravillosa significaba mucho. Con gestos
le indiqué de que no serían de mucha utilidad porque la pila se
había agotado y no había forma de recargarla. Ella pareció
comprender y se mostró muy agradecida e ilusionada con esa novedad.
Al quitarnos los audífonos no nos pudimos comunicar más.
—Adiós
Hipatía —le hice un gesto de agradecimiento.
Ella
se despojó de una especie de broche con la imagen en relieve de
Platón. Me lo dio sin mediar palabra.
Lo
tomé y le agradecí con un gesto y me marché de inmediato. Recorrí
las vías de Alejandría hasta llegar a la plaza central. Allí se
congregaban grupos de jóvenes y hombres que parloteaban en
diferentes lenguas. No podía irme sin conocer la biblioteca de
Alejandría. La busqué con la vista, pero temía extraviarme entre
las sinuosas calles.
De
pronto divisé a los guardias parabolanos que se giraron dispuestos a seguirme. Yo me cubrí el rostro y apresuré
la marcha. Recordé las historias de estos hombres fanáticos,
ignorantes y desalmados. Son los mismos en cualquier época: ciegos y
violentos, seguidores de una causa que no entienden ni les importa,
pero que les da una excusa para ejercer sus odios y mezquindades con
sevicia. No podía aventurarme a correr la suerte de Hipatía. Noté
que los pasos se acercaban y el sol se difuminaba tras las colinas.
Había anochecido y me encontraba en un siglo donde no existía la
electricidad ni las telecomunicaciones. Me invadió la desazón.
Gracias
al faro de Alejandría que iluminaba desde la isla cercana al puerto,
identifiqué el sitio de encuentro con la guía. Apresuré el paso,
mientras me atropellaban los recuerdos del desenlace de Hipatía.
Ella fue capturada por los parabolanos por mandato del Obispo Cirilo
y condenada por herejía sin ningún juicio el 30 de marzo del año
415. La apresaron, torturaron y mataron de la manera más
despiadada. Su cuerpo fue desmembrado para luego presentarlo como
escarmiento de una mujer que se atrevió a contradecir el poder
divino. El corazón me latía con intensidad. Si caía en manos de
esos hombres, podría sufrir la misma suerte en una época y espacio
que no eran los míos. Las luces del faro alumbraban el camino. Corrí
hacia el muelle y en el proceso tomé el control y apreté el botón
azul.