Por Elvira Sánchez-Blake
Con motivo de la triste remembranza de los 40 años de la toma del Palacio de Justicia en Colombia, se han realizado varios eventos, informes, documentales y hasta películas que conmemoran el suceso. Hasta mi casa de Venice, llegaron a entrevistarme acerca de mi parte en ese hecho histórico. Me permito reproducir una carta que le escribí a Belisario y que nunca le mandé, pero aparece publicada en La patria que nos duele. En esta carta le reclamo su falta de valor para asumir que fue víctima de una toma de poder durante este episodio.
Estimado Belisario,
Usted
solía iniciar sus discursos con una parábola. Cuando un pájaro se
posa en una rama ya no es el mismo pájaro ni es la misma rama. Si
además trina, entonces, ni el pájaro ni la rama ni el trino son los
mismos, porque la confluencia de factores incide en la continua
transformación: el devenir histórico. Esta parábola servía para
ilustrar el aforismo del filósofo Heráclito sobre el fluido
constante, “Nadie se baña dos veces en un mismo río”, al que
usted agregaba, “ni es el mismo hombre el que se baña en él”.
Pienso
en esta analogía para recordarlo cuando yo ejercí como redactora de
la Oficina de Prensa de la Presidencia durante su administración.
Son muchas las imágenes que afloran al rememorar los cuatro años de
su gobierno. Cubrir su mandato día a día en mis labores como
periodista se convirtió en un aprendizaje de vivencias intensas que
me ha tomado el resto de mi vida comprender y decantar.
Sin
embargo, lo que más recuerdo es el día de la toma del Palacio de
Justicia. Fue esta la encrucijada que la historia del país se rompió
en dos. El evento que marcaría el recrudecimiento de la violencia
que ha azotado al país durante las siguientes cuatro décadas.
Aún
conservo la imagen del encuentro que mantuvimos usted y yo aquel
jueves 7 de noviembre. Habían pasado más de 24 horas desde la toma
del Palacio de Justicia por parte del M-19. En una operación que
denominaron “Antonio Nariño por los Derechos del Hombre”,
ingresaron al Palacio de Justicia y tomaron como rehenes a
magistrados de la Corte, funcionarios judiciales y al personal que se
encontraba en la edificación. Los guerrilleros reclamaban al
presidente el incumplimiento de los acuerdos pactados el año
anterior. De inmediato, el ejército respondió con una fuerza
inusitada a sangre y fuego.

Yo
había logrado ubicarme junto con otros periodistas en la terraza del
edificio del supermercado El Ley,
una posición privilegiada desde donde pude observar el ataque por
tierra y aire. Vi cuando las tropas de los Comandos Goes descargados
por helicópteros saltaban sobre la terraza y se ubicaban en
diferentes puntos estratégicos del Palacio de Justicia y en los
edificios contiguos. Las ráfagas de metralletas alcanzaban a rebotar
en la terraza donde nos encontrábamos. Nos obligaba a guarecernos
bajo las cornisas, pero no nos impedía seguir paso a paso los
acontecimientos.
Lo
más aterrador fue cuando los tanques blindados de guerra comenzaron
a atacar desde la Plaza de Bolívar horadando boquetes como si el
edificio fuera un armazón de juguete. Cada disparo de cañón
estremecía la tierra. Yo sentía que me encontraba en medio de una
película de guerra: asaltos por todos los costados, ráfagas de
metralletas, fogonazos en cada esquina. Mis compañeros camarógrafos
captaban en sus lentes lo que ocurría en imágenes que después
recorrerían el mundo.
Esa
tarde me atreví a cruzar en medio de la escaramuza por la Plaza de
Bolívar, luego atravesé el Capitolio y llegué hasta al Palacio de
Nariño. Cuando por fin me sentí segura en mi escritorio de la
Oficina de Prensa, me enteré de la otra parte de la historia. Desde
el inicio de la emboscada, el Presidente de la Corte Suprema de
Justicia le imploraba al Presidente de la República que detuviera el
asalto militar. Los llamados se hacían cada vez más apremiantes
desde la radio que transmitía en directo con la oficina del
Magistrado: “¡Por favor, Presidente, detengan el asalto!” Sin
embargo, la respuesta del Gobierno fue suspender las transmisiones y
a cambio emitir un partido de fútbol. Los
teléfonos repicaban sin cesar en la Oficina de Prensa. Nosotros,
encargados de ser voceros del Presidente, no sabíamos cómo
responder ante la insistente pregunta, ¿por qué el Jefe de Estado
no responde al llamado del Presidente de la Corte Suprema de
Justicia?
Esa
noche el edificio sucumbió a las llamas. Desde la Plaza de Armas
divisamos cómo la estela de humo se elevaba hacia un cielo
incandescente. Entretanto las comunicaciones se habían silenciado.
¿Cómo era posible —se preguntaba el país entero— que Belisario
no respondiera ante las demandas del Presidente de la Corte, ni
siquiera cuando el Arzobispo, los expresidentes, y delegados
internacionales se ofrecieron como mediadores del diálogo? ¿Era
este el mismo mandatario que había prometido “ni una gota más de
sangre”; el que había ofrecido pacificación y diálogo; el mismo
que se enfrentó a los militares para lanzar su ambiciosa Amnistía;
el que sonaba a candidato al premio Nobel de la Paz?
Al
día siguiente el silencio del gobierno era enervante. Yo me atreví
a desafiar el confinamiento en la Oficina de Prensa y me asomé a las
escaleras de caracol que conducían al tercer piso, donde se
encontraba el despacho presidencial. Al intentar subir, me impidió
el paso el edecán de la Fuerza Aérea.
—No
puede pasar.
—¿Y
por qué?
—Son
órdenes.
Intenté
convencer al oficial con una actitud amistosa:
—Mayor,
comprenda que necesitamos saber qué pasa. ¿Por qué el Presidente
no responde?
Mientras
le hablaba, desvié la mirada hacia el tercer piso y observé a un
nutrido grupo de militares de alto rango debatiendo en la puerta del
despacho presidencial.
La
respuesta del oficial me dejó petrificada.
—El
presidente ya no es presidente. El que está a cargo de la situación
es mi general. Y sus órdenes son exterminar a los terroristas.
Las
piernas me temblaban cuando regresé a la oficina. Mis compañeros se
quedaron pasmados cuando les compartí lo que acababa de escuchar.
Algunos se atrevieron a bromear. Tendríamos que aprender el lenguaje
castrense.
Hacia
el mediodía escuchamos que la operación había concluido. La
ofensiva había sido aniquilada. Los guerrilleros fueron
exterminados, así como los magistrados, el personal de la Corte y la
rama judicial en toda su extensión. A esa hora vimos las imágenes
televisivas de los pocos que salían con vida y eran conducidos al
Museo Casa del Florero ubicado en la esquina de la Plaza de Bolívar.
Entre ellos se encontraban empleados de la cafetería, estudiantes de
derecho y personal de menor rango. Varias
de estas personas fueron conducidas a
instalaciones militares para ser interrogados y posteriormente fueron
desaparecidas.
Los
reporteros transmitían la identidad de los fallecidos en el
operativo, más de 120 personas, entre ellos, el presidente de la
Corte Suprema de Justicia. Los teléfonos de la oficina de presa
repicaban sin cesar. Nosotros ya no respondíamos.

Yo
no pude resistir y me encaminé de nuevo hacia las escaleras. Esta
vez nadie me detuvo mientras ascendí cautelosa al tercer piso.
Curiosamente, el despacho presidencial se encontraba vacío. Continúe
hacia las oficinas contiguas. No vi a ningún funcionario. Me dirigí
por el corredor a la sala del Consejo de Ministros. Un impulso me
llevó a abrir la puerta. De repente me encontré frente a frente con
usted, Belisario. Recuerdo su rostro demacrado y la angustia
reflejada en sus ojos. Me llamó la atención que su cabello se
hubiera encanecido de repente. Estoy segura de que se acuerda cuando
me preguntó:
—¿Qué
ha pasado?
Sorprendida
de que usted no supiera lo que las estaciones radiales transmitían,
contesté:
—Todo
ha terminado.
—¿El
presidente de la Corte? –Preguntó alarmado.
—Está
muerto —le respondí con temor—. Todos los magistrados murieron.
—¿Está
segura?
Hubiera
querido no estar segura, se lo juro. Su angustia me inspiró una
compasión profunda. Sin embargo, le respondí:
—Lo
dicen todas las emisoras.
En
ese momento llegaron otras personas. No recuerdo bien.
Comprendí que lo que acababa de afirmar constituía su
ruina, la de su carrera política, y la de todas sus ambiciones como
gobernante y como persona.
Esa
noche observé por televisión cuando se dirigió al país en la
alocución presidencial y pronunció las siguientes palabras: “Yo
me responsabilizo de todo lo ocurrido. El diálogo no es posible bajo
presiones violentas”.
Durante
las siguientes tres décadas me he preguntado, ¿por qué asumió una
responsabilidad que no le correspondía? ¿Por qué nunca aceptó que
fue víctima de un Golpe de Estado por parte de los militares? Al
principio pensé que se imponía una cuestión de honor y de
dignidad. Quizás constituía una carga muy grande admitir la
debilidad de las instituciones en un país que se precia de ser la
democracia más antigua de América Latina.
Sin
embargo, ahora estoy convencida de que su silencio constituyó un
error mayúsculo. Creo que sobre usted recayó el peor castigo: ser
testigo viviente de la degeneración del proceso que usted inició en
uno de desangre y horror. Su empeño en asumir una responsabilidad
que no le correspondía fue mayor que el compromiso con la verdad.
La
parábola del devenir histórico cumple así su precepto en forma
paradójica. Su culpa no fue por haber tomado las decisiones
equivocadas en la toma del Palacio de Justicia, como muchos creen.
Fue por no haber enfrentado la verdad. Estoy convencida de que si el
país hubiera sabido la desmesura de la acción militar que se tomó
el poder, se habrían conocido mucho antes las arbitrariedades que se
cometieron durante la toma y después de ella. Esto le daría al
pueblo la posibilidad de juzgar a los responsables, tanto a la
guerrilla como a los militares, y así se hubiera ahorrado mucho
dolor. Con ese conocimiento los culpables de uno y otro lado habrían
pagado con el peso de la Ley.
Desde
la distancia temporal y espacial de ese evento, le pregunto: ¿No
cree usted que el conflicto que degeneró en un Estado deslegitimado
y en un proceso trunco se habría evitado, si usted hubiera tenido el
valor de defender la legitimidad de las instituciones al aceptar que
fue depuesto como el líder elegido democráticamente? En ese
sentido, Belisario, recae sobre usted la responsabilidad por haber
alterado el devenir histórico. Su famoso “pájaro, rama, más
trino” no cabe en este enunciado. El pájaro que no trinó devino
en un silencio cómplice y funesto.
Publicado
en La
patria que nos duele:
Obra
poética y narrativa de escritores colombianos en el exterior.