miércoles, 9 de noviembre de 2016

Ganó Trump: ganó la insensatez


El mundo amaneció el 9 de noviembre con la fatídica noticia del triunfo de Trump. Pero, no ganó Trump, ganó la insensatez.  Triunfó el odio y el prejuicio, el racismo y la xenofobia; el sexismo y la misoginia. Se revelaron los extremos más tenebrosos de la especie humana.

Este evento se suma a los triunfos del No al Acuerdo de paz en Colombia; al de Mariano Rajoy en España; al referéndum del Brexit de Gran Bretaña, a la reelección de Daniel Ortega en Nicaragua. 2016 pasará a la historia como el año del renacimiento de los totalitarismos en el mundo y de la legitimización de los sentimientos más innobles de la humanidad.

La victoria de Trump culmina esta serie de eventos con una capitulación de la racionalidad. Se convierte en una derrota de la cordura tan inesperada e incomprensible que deriva en el culmen de la insensatez. ¿Cómo medir el impacto de los acontecimientos que se avecinan? ¿Es posible calcular la dimensión de las maquinaciones de un demente que regirá los destinos del mundo a partir de ahora?

Yo nací en un mundo donde primaban las ideas conservadoras, los prejuicios y las exclusiones. Fui testigo de los resultados nefastos de estas tendencias y del desplome de los estados fascistas y totalitarios de extrema derecha y de izquierda.  Apenas nos estábamos recuperando de sus efectos y se empezaba a avizorar un mundo exento de prejuicios y mezquindades donde el Otro tuviera derechos y oportunidades, en donde fuera posible la utopía contraria que profetizara García Márquez en su discurso del Nobel.

Yo me ufano de haber educado a una hija con una perspectiva amplia y progresiva, de aceptación e inclusión. Eso me lo permitió haber accedido a una universidad como Cornell y a un lugar idílico como Ithaca, NY.  Victoria se crió como parte de un todo sin diferencias ni marginaciones. Se ha dado el lujo de no crecer con imposiciones ideológicas ni religiosas. Es decir, de gozar una libertad con responsabilidad. Y esa oportunidad de crecer en un mundo de libertades se desploma en este momento ante el futuro que nos espera.

Es como si regresáramos una centuria a la época del surgimiento de regímenes fascistas, que entronizaban las ideas de la supremacía blanca y el nativismo nacionalista. El famoso slogan que caracterizó la campaña de Trump, "Make America Great Again"  promueve eso mismo: el resurgimiento de las divisiones étnicas; la promoción del odio contra hispanos, musulmanes, negros y chinos; la aniquilación de los derechos adquiridos por mujeres, por la población del LGBT y todos aquellos que han sido marginados, pero que por primera vez en la historia conquistaban derechos fundamentales. Es la antítesis de la evolución humana, el retroceso a la era de las tinieblas.

El triunfo de Donald Trump abre una caja de pandora cuyas dimensiones no podemos predecir. Como señala Chris Cillizza del Fix (Washington Post), "su triunfo es el equivalente de dejar caer una nevera o quizás, diez neveras en una laguna. Hay olas gigantes, pero muchas otras pequeñas, que no vemos hoy, pero que están ahí."

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