El viernes 7 de agosto se posesionó el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella.
De la Espriella asume el poder en medio de la turbulencia de un país polarizado. La ceremonia de posesión estuvo marcada por una serie de desaciertos y banalidades caricaturescas. El acto, realizado en la Universidad Santiago de Cali y fuera de Bogotá por primera vez en la historia reciente, rompió con los protocolos tradicionales y pareció sentar un precedente sobre lo que podría ser su mandato: «Yo hago lo que me da la gana. Atrévase quien pueda».
La puesta en escena buscó, además, resaltar la personalidad histriónica de un gobernante que parece encontrar inspiración en los personajes políticos que admira: Trump, Netanyahu, Bukele y Milei.
La ceremonia de posesión tuvo el aire de un circo que reflejaba el talante del nuevo gobierno. Varios mandatarios y figuras de la derecha internacional se hicieron presentes para acompañar al nuevo presidente y desfilar ante las cámaras: el presidente de Chile, José Antonio Kast; el de Ecuador, Daniel Noboa; el rey Felipe VI de España y una delegación deslucida de Estados Unidos. Las continas menciones a <<la patria milagro>> y al eslogan <<¡Firmes por la patria!>> acentuaron el caracter fantoche de una ceremonia convertida en espectáculo.
Las palabras del nuevo jefe de Esatdo estuvieron teñidas de alusiones religiosas, populismo barato y de amenazas soterradas. Un rabino pronunció una oración y proclamó: «¡Viva Colombia y viva Israel!», ante una imagen de la Virgen de Fátima situada en una esquina del recinto. El gesto resulta, cuando menos, anacrónico en un país de tradición católica, pero con una población judía minoritaria, y parece cobrar sentido a la luz de la admiración del mandatario entrante por Netanyahu.
Luego hablaron un pastor evangélico, un sacerdote católico y un monseñor. Todos oraron y pidieron por el bienestar de la patria. Dichas alabanzas contradicen el carácter laico de Colombia prescrito en la Constitución de 1991. En cambio, no se escuchó ninguna alusión a las poblaciones que constituyen la diversidad profunda de Colombia: los pueblos indígenas, las comunidades afrocolombianas y la población mestiza.
Después de la investidura como jefe de estado, el nuevo presidente salió corriendo al Batallón Pichincha de Cali. Allí, rodeado de militares y tropas del Ejército, expuso los derroteros que regirán los próximos cuatro años: militarización, persecución indiscriminada a sus opositores, fortalecimiento de la seguridad y una ofensiva feroz contra los grupos armados.
Entre sus propuestas se encuentra el regreso de la aspersión con glifosato y el desmonte de programas de sustitución de cultivos, medidas que podrían afectar de manera directa a los campesinos y a las comunidades vulnerables. Sin embargo, no menciona a los narcotraficantes de cuello blanco y a los grandes jefes que mantienen el negocio, entre quienes se cuentan varios de sus amigos, clientes y aliados políticos.
Uno de sus primeros propósitos será devolverle "la grandeza a Colombia", dijo el gobernante, una clara alusión al slogan del movimiento MAGA de Trump. Al mismo tiempo, anunció que Colombia se suscribe al Escudo de las Américas. De esta forma cumple su compromiso de someterse a la autoridad de Donald Trump y de obedecer sus condiciones bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico.
En la noche se conoció el anuncio de una ayuda de mil millones de dólares del gobierno de Estados Unidos para fortalecer la campaña de seguridad de Colombia en su lucha contra las drogas. La historia se repite con la estrategia del Plan Colombia de comienzos de siglo, cuando la ayuda del país del norte se dirigió a incrementar la militiarización y a una cruzada de persecución contra campesinos y comunidades vulnerables para justificar una campaña de opresión y de horror.
De la Espriella se refirió asimismo a su promesa de recuperar el sector energético. El anuncio plantea una amenaza sobre las políticas de protección ambiental, especialmente frente al anuncio de ampliar la explotación de recursos en páramos, selvas y bosques naturales. El fracking, explotación de gas, petróleo y una minería sin controles ambientales ocuparán un lugar central en la agenda nacional, en detrimento de los recursos naturales del país.
El nuevo mandatario anunció además el fortalecimiento de los valores familiares: "Mi gobierno librará la batalla cultural para recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley, el amor por la patria, la creencia en Dios, la responsabilidad individual... Colombia volverá a reconocerse en sus mejores tradiciones”. Estas palabras rezuman un retroceso hacia la segregación de sexualidades diversas, a los derechos de las mujeres y a las decisiones individuales. Esto unido a una religiosidad excluyente, nos conduce a la era de prejuicios y camándulas impuestas.
Es decir que Colombia ha dado un giro hacia la subordinación a la potencia del norte, hacia una campaña armamentista que justifica las persecuciones indiscriminadas contra opositores y poblaciones vulnerables; a la concepción reduccionista de la religión y hacia la coerción de libertades y derechos individuales. Un retorno a procesos que creíamos superados. El retorno del oscurantismo.
