domingo, 13 de mayo de 2018

En homenaje a mi madre





Hoy se celebra el día de la madre. Esta es una fiesta que tiene un fin comercial y de mercadeo, pero también sirve como excusa para homenajear a nuestras madres, abuelas y familiares.  Hoy quiero recordar a mi madre, el ser que representa esa ancla fundamental en mi formación y personalidad. Mi vida y quien soy está marcada por la mujer que me engendró, me dio a luz, me crió, me amamantó, me nutrió durante toda su existencia con apoyo, seguridad, bondad, amor incondicional y comprensión. Tengo el privilegio de afirmar que tuve una madre (y padre) excelentes, con una relación de amor y respeto, en donde no hay sombras ni resentimientos. Todo lo que puedo recordar de los seres que me dieron la vida es belleza, bondad, apoyo y generosidad.


Agradezco a la vida haber estado presente el día de su deceso y los días que lo precedieron. La tarde de su partida, ella me pidió que le cantara la canción, "Azul" antes de dormir.  Había pasado mala noche por la tos que le impedía relajarse, y deseaba dormir. "Solo quiero dormir", me dijo, y me pidió la canción. "Azul" es realmente el nombre que le pusimos a la adaptación que  entonábamos en el colegio para las misas, pero en realidad, el título original de esa pieza es "Mañana de Carnaval", una Bossa Nova del brasilero Luiz Bonfá. Después de cantarle muy quedamente, ella se quedó dormida y por fin dejó de toser.  Esa noche ella ya no despertó, o si lo hizo, fue muy brevemente. La neumonía le había atacado de nuevo con toda su potencia y cuando dejó de toser fue porque se había presentado la falla respiratoria.  A la madrugada, ella se apagó como una vela con sus hijos y algunos de sus nietos a su alrededor. No sufrió. La vimos expirar y en cierta manera, fue un alivio. Ya no tendría más dolor.


Mamita descansó fiel a sus principios, a la vida plena que vivió dentro de sus valores morales y cristianos, tal como ella los creyó y los interpretó.  Hace ocho años ella se liberó del peso de la vida.  Hoy me siento en el deber de continuar hacia el futuro, asumiendo con  entereza el ejemplo y las enseñanzas de este ser tan maravilloso que la vida me dio como MADRE, en toda su dimensión.

Mi madre representa ahora ese estado de perfección que se alcanza en una vida de armonía, por lo que ella encarnó, nutrió y creó a partir de sí misma como ser humano. No es sólo lo que ella dio como mujer, esposa, madre, hija y amiga, fue su proyección a través de todo lo que fue. Somos sus hijos, sus nietos, los amigos y conocidos, que recibieron de ella ese nutriente fundamental de la simiente constitutiva de belleza y de bondad.  Mamita fue eso, “creadora”, el árbol madre que provee la semilla y la esparce a su alrededor para que crezcan y florezcan con frutos diversos que se multiplican a su vez con la simiente nueva y fecunda.  Mamita no ha muerto, pervive y se proyecta con su energía de árbol de la luz que no perece porque su magnetismo permanece en nosotros, sus receptores y generadores de nuevas descendencias. Tenemos el compromiso de ser portadores de su energía y nutrientes de la semilla que se regenera en cada ciclo. Mamita está presente en nosotros en su estado espiritual, cualquiera que sea el nombre que le demos, en esa Nirvana, estado de perfección o en el Paraíso espiritual, un estado de equilibrio espiritual que ella alcanzó en toda sus formas y que nos impulsa a seguir existiendo para transmitir ese legado de armonía que ella instituyó en cada uno de nosotros y en nuestra descendencia.


 Después de este día feliz,

Yo sé que otro día vendrá.
En nuestra mañana
tan bello final
Queremos decir a Dios:
Cantará el corazón
La razón del vivir
Cantará sin hablar
al decir....






Descansa en paz Mamita.

Elvira Sánchez Rueda







jueves, 8 de marzo de 2018

A propósito del día de la Mujer



 Esta fecha no es para felicitarnos unas a otras por el hecho de haber nacido mujer.  En cambio, nos ofrece un espacio para reflexionar sobre los avances pero también sobre el camino que falta por recorrer en materia de derechos y oportunidades para las mujeres.





Celebremos los logros alcanzados en materia de oportunidades, acceso a educación, posiciones laborales, a estamentos económicos y políticos. Esto en sí es un logro si comparamos con las limitaciones de nuestras madres y abuelas. Celebremos el derecho al voto (En Colombia se ganó en 1958). El derecho a entrar a la universidad, a tener títulos de propiedad (ganado en  los sesentas). La prerrogativa de no estar sujetas a padres, maridos o hermanos para gozar de una estabilidad económica. Todo esto, chicas, es reciente.  Celebremos que nuestras hijas y nietas no tendrán que verse sometidas por las imposiciones sociales y religiosas que impiden un desarrollo integral. Ellas tienen acceso  a decidir sobre su propia vida,  a escoger su pareja y el momento de tener hijos o no tenerlos; a elegir sus carreras y a ser independientes y autosuficientes. Celebremos que nuestra generación tuvo acceso a la educación gracias al camino arduo que recorrieron nuestras antecesoras.

Pero, también, reconsideremos todo el camino que falta por recorrer. En muchas culturas todavía las mujeres están sometidas a sistemas que las obligan a cubrir su rostro y a negar su  cuerpo. Muchas todavía no pueden acceder ni a una mínima educación, mientras el sistema privilegia que sus hermanos sí la tengan. Son demasiadas las mujeres que son vendidas o tranzadas en matrimonios forzados en edades tempranas para asegurar  una descendencia y después, condenadas de por vida a cuidar a sus hijos, maridos y familiares cercanos.  La mayoría de ellas  sepultaron esperanzas de surgir en algún oficio y a desarrollar sus talentos. Pero la economía del cuidado las liga de por vida a “cuidar”, “atender”, “criar” y a negar ambiciones y proyectos.  No vayamos muy lejos. En Colombia la educación básica de la mujer rural cubre apenas un 15% de la población y cero en la educación superior. Las campesinas se ven forzadas a trabajar en labores extremadamente arduas en el campo y a jornadas extras en el cuidado de la familia, mientras el salario lo reciben los hombres. Todo se cobija bajo el rubro del “bienestar familiar”, que muchas veces se gasta en licor o en otras actividades licenciosas. Ellas no tienen voz ni voto en estas decisiones, así como tampoco en el de la titulación de tierras. Muchas víctimas de la violencia que perdieron a sus maridos descubren con horror que no pueden reclamar títulos de propiedad por el hecho de ser mujeres.

En otras latitudes, las mujeres todavía están sujetas a procedimientos ignominiosos para asegurar la honra o son consideradas “impuras” durante la menstruación y deben someterse a prácticas inhumanas. Todo esto con el aval de mandatos legales y religiosos que están por encima de los derechos humanos. Los abusos sexuales que deben soportar una gran mayoría de mujeres a todo nivel son una práctica normalizada por la sociedad que hasta ahora se está considerando como un delito. Por primera vez hay leyes que denuncian las violaciones y los acosos sexuales, pero en la mayoría de los casos impera la ley del silencio a riesgo de que las víctimas sean tachadas de mentirosas,  deshonradas o histéricas. El movimiento #Metoo está revelando la  monstruosa estructura que ha mancillado por siglos la dignidad de las mujeres.

Un delito tan nefasto como el feminicidio está comenzando a ser considerado como tal tras siglos de imperar incólume en la sociedad. En guerras y conflictos armados, los hombres son las principales víctimas de asesinatos, pero las mujeres llevan la peor parte, la de ser laceradas en su cuerpo con violaciones y ataques contra su intimidad, dejando huellas más atroces que la misma muerte.  “Los hombres hacen la guerra, pero las mujeres cargamos con ella”, dice María Teresa Arizabaleta, una de las promotoras del voto en Colombia, quien a sus 85 años enarbola las consignas de la lucha por los derechos fundamentales de la mujer.

Por supuesto, hay que tener cuidado con las generalizaciones.  Porque hay también mujeres que abusan de sus propias congéneres.  Son las que utilizan sus atributos “femeninos” para explotar a los hombres con el fin de obtener privilegios, alcanzar posiciones o beneficios económicos  sin merecerlos. Hay también las que utilizan el poder para enarbolar las mismas armas del sistema dominante masculino con el fin de oprimir, rebajar  y denigrar a otras en posiciones inferiores. No hay nada más despreciable que las mujeres en cargos políticos con posibilidad de influir legislaciones, cuyas agendas se dirigen en contra de las propias mujeres en asuntos como derechos reproductivos o acceso a derechos fundamentales.  Estas no tienen perdón de Dios.

Y líbrame señor de las que utilizan la religión para calar en el fondo de las conciencias con el fin de perpetuar los sometimientos a las normas creadas por hombres y para hombres por los siglos de los siglos.  Pero también, hay que tener cuidado de no caer en los fanatismos de las que utilizan la retórica feminista para crear exclusiones y discriminar por cuestiones banales. Ese es el peligro de un discurso mal manejado.

Hoy, día de la mujer, celebremos los derechos adquiridos;  sigamos luchando por acceder a los no alcanzados; no cesemos en la búsqueda de que estos derechos cubran a la raza humana, de una manera integral y totalizante.  Pregonemos la dignidad humana dentro de la diferencia.

Elvira Sánchez-Blake


sábado, 10 de febrero de 2018

No hay derecho a que los colombianos no queramos vivir en paz


Por Elvira Sánchez-Blake

(El Espectador, 2-10-17)

Los colombianos se niegan a la paz.  Es como si la maldición sobre la tumba de Bolívar se cumpliera en esta república de tan solo 200 años de vida independiente que no ha conocido un período de su historia sin conflicto.  Estamos a puertas  de lograr lo que la mayoría anhelamos, una coexistencia armónica, lo mínimo que cualquier pueblo aspira. Sin embargo, las fuerzas ocultas que manejan las dinámicas del poder y el deseo de mantener el odio priman en esta contienda de irracionalidad.

No hay derecho a que a partir de la firma de la paz se hayan registrado más de 300 asesinatos de líderes sociales y de defensores de derechos humanos (INDEPAZ). En su  mayoría estas personas pertenecían a comunidades afectadas por el conflicto que trabajaban por la supervivencia de sus integrantes con iniciativas de  integración social y de emprendimiento.  En muchos casos, eran líderes de comunidades indígenas, como el caso de los asesinatos en el Cauca o afrodescendientes. Es decir, de las minorías no reconocidas como parte de la “comunidad imaginada” de la nación.  

¿Qué hay detrás del atroz asesinato de un hombre como Temístocles Machado en Buenaventura el pasado 27 de enero?. Temístocles era un archivista de la memoria de Buenaventura. Este archivo contenía las reclamaciones de tierras y pleitos territoriales de la zona. El Centro de Memoria Histórica había contactado a Temístocles porque su archivo era crucial para identificar los abusos de las corporaciones en la apropiación indebida de las tierras. El documento publicado como Buenaventura: un pueblo sin comunidad, se convirtió en un punto de contención y luego de sucesivas amenazas.  El chocoano de 65 años fue asesinado cruelmente en su propia casa.

El caso de Temístocles quedó en la impunidad, como sucede en la mayoría de las muertes de este país. Y si no fuera por las voces indignadas de intelectuales nacionales e internacionales, quienes se han pronunciado fuertemente contra estos asesinatos, estas muertes se sumirían en el olvido. Porque  las amenazas y muertes son contra gente humilde que vive en las márgenes. Porque no tocan a “las gentes de bien” de las ciudades. Porque no se registran en el discurso oficial del país. Pero, ¿quién está detrás de estos asesinatos “sistemáticos” y de estas amenazas? Es la pregunta que no encuentra respuesta, pero tal vez, sí. Todos saben que detrás de esto están los de siempre, los enemigos de la paz.  Como los define William Ospina:

Hay sectores interesados en que la guerra continúe, todos los sectores para los que la guerra es mejor negocio que la paz. Los traficantes de armas, los que ven amenazados algunos privilegios medievales, los que han sufrido ofensas espantosas de la guerrilla o de los paramilitares…Incluso me gustaría estar seguro de que esta guerra dramática no es vista como un negocio rentable para algunos medios de comunicación (De la Habana a la paz).
                       
En la actual encrucijada se abre la posibilidad de una convivencia armónica que no me atrevo a llamar paz. Es  el natural derecho de los pueblos a vivir en equilibrio con la naturaleza, con sus semejantes y a gozar de los derechos fundamentales: un techo, educación, salud y bienestar.  Las condiciones materiales y legales están dadas, pero no lo queremos aceptar.

Los alcances del Acuerdo de paz es un paso trascendental que las actuales generaciones no alcanzamos a dimensionar en este momento histórico. Sin embargo, las fuerzas opositoras tienen más interés en mover las  fichas para impedir que esta consolidación sea posible.  El mensaje que se transmite a través de los medios sociales y que se arraiga en la población que no lee con pensamiento crítico, es que debemos continuar la guerra para preservar los intereses económicos y los privilegios de la minoría poderosa. Es decir,  en palabras de Ospina, seguimos enmarañados en “un cúmulo de prejuicios y formalismos, favorecidos por una extrema desconfianza y el viejo hábito de girar en un tiovivo de venganzas que parecen prohibirnos para siempre la reconciliación y el perdón” (De la Habana a la paz).

Las noticias de los últimos días son alarmantes. El ELN se niega a continuar con las negociaciones de paz. Han declarado paro armado y continúan amedrentando las regiones que controlan.  Las amenazas insidiosas contra los encargados de trabajar con los desmovilizados de las FARC, impiden que el proceso de reintegración siga su curso.  Las instituciones encargadas de iniciativas para desmontar la guerra y ofrecer oportunidades para los reintegrados a la vida civil así como las organizaciones de paz están paralizados ante las amenazas.  Se acercan las elecciones y con esto se disparan las pugnas y los odios llevados al extremo.

El fenómeno de la Patria Boba, se cierne sobre nosotros con su daga acechante. Seguimos anclados en la ignominia de la cultura de odio y exclusión que rige el país.  Porque como señala Ospina, “el principal enemigo de este sueño (de paz) son los privilegios y las exclusiones, las inmensas propiedades que ni producen ni tributan, la privatización del territorio nacional por quienes no creen tener deberes sociales" (De la Habana a la paz).

¿Cómo salir de este entuerto?  ¿Qué hay que hacer para convencer a la mayoría de colombianos de que hay otra vida posible?  ¿Cómo combatir la cultura de violencia y propugnar por una cultura de paz?  Vera Grave,  directora del Observatorio de Paz lo define así:

Ojalá le den a la paz como pedagogía de cultura de vida cotidiana, el lugar que requiere y merece para que en serio logremos cambiar la historia, y no sigamos en el círculo vicioso de las violencias que se reciclan bajo otros nombres y signos. Que dimensionemos la paz en su posibilidad de transformación política y cultural.

Referencias

Grave, Vera.  “Triste paz la de estos días”. El Espectador.  8 de Febrero, 2018.

Marín, Nicolás. “Un violento comienzo de año para los líderes sociales”. El Espectador. 31 de enero, 2018.

Ospina, William. De la Habana a la paz.  Bogotá: Debate, 2016.