domingo, 8 de agosto de 2021

Los factores de persistencia

 Las declaraciones de Mancuso y de Timochenko ante la Comisión de la Verdad

Por E. Sánchez-Blake

                                                                            (https://www.kienyke.com)

Los jefes máximos de las Farc y de las Autodefensas tuvieron la oportunidad de revelarle a los colombianos las verdades ocultas de la confrontación armada ante la Comisión de la Verdad. En el proceso salió a la luz que en el intento de tomarse el poder por medio de la lucha armada, las Farc le dieron la excusa perfecta a los paramilitares para asumir  el poder a través de la parapolítica que gobernó en la primera década del dos mil.

 

Salvatore Mancuso reveló que las Autodefensas nacieron como respuesta a las extorsiones de la guerrilla y con el propósito de combatirlas se fueron creando redes de apoyo a través de pactos y acuerdos desde un despacho, desde una oficina o desde un club entre los gremios económicos, los militares y los políticos. El objetivo inicial de defenderse de la guerrilla y fortalecer la institucionalidad derivó en el horror de la guerra.  Y con el apoyo de estos sectores los paramilitares se encargaron de nombrar alcaldes, designar gobernadores regionales,  elegir parlamentarios y “hasta el presidente”.

 

Salvatore Mancuso describió su rol en el entramado de la guerra como uno de los “factores de persistencia” diseñado para prologar el conflicto. El  antiguo jefe de las Autodefensas del Bloque Norte del departamento de Córdoba dio a conocer el modus operandi del proyecto político económico militar que volcó al país en la confrontación sangrienta de los años noventa y que continúa en los dos mil. Aseguró además que el conflicto armado seguirá vigente sin importar los acuerdos de paz o los pactos entre los actores armados, porque el sistema está diseñado para que se mantenga la guerra y el narcotráfico en el país, gracias a lo que él denominó los factores de persistencia.

 

Las declaraciones del líder de las autodefensas, Salvatore Mancuso y el líder de las Farc, Rodrigo Londoño, ante la Comisión dejan muchas inquietudes. Para nadie fue sorpresa escuchar que ellos se consideraban víctimas de la guerra. Londoño recordó que las guerrillas surgieron como respuesta a la violencia bipartidista de los años cincuenta y la injusticia en la distribución de las tierras. Su propia familia fue víctima de la persecución y el desplazamiento.  Mancuso atribuyó su participación en las AUC cuando pidió apoyo del Estado ante las permanentes amenazas de extorsión y secuestro por parte de las Farc. En lugar de recibir el apoyo deseado, fue reclutado para servir como informante y ficha clave para combatir la subversión.

 

Nadie se extrañó ante la confirmación de que tanto la guerrilla como las autodefensas hicieron pactos con el narcotráfico para financiar y mantener su lucha armada. Ni que en los dos casos, el control territorial se convirtió en el objetivo principal de la lucha armada, bajo pretextos de lucha antisubversiva y de tomarse el poder político. En ambos casos, primó la ambición desmedida de ambos bandos y los intereses particulares.

 

Lo que sí llama la atención es el papel preponderante que Mancuso atribuyó al Estado. Sin dar nombres ni datos específicos, en varias instancias se refirió a las reuniones que sostenía con gobernadores, alcaldes, comandantes de brigada, empresarios y políticos y a las órdenes impartidas en clubs, despachos y oficinas gubernamentales. De acuerdo con su testimonio, ellos recibían listas de los sujetos señalados para ser eliminados, entre los que se contaban líderes sociales, jefes de sindicatos, profesores y periodistas.

 

Mancuso se refirió al rol que desempeñó como Comisario político del proyecto político económico militar que se conformó en los años noventa .  Su misión consistía en recoger información y transmitirla al Estado.  Él le respondía a los jefes militares y paramilitares (los Castaño). Señaló la importancia que jugaron las Convivir, como engranaje entre la institucionalidad y la autodefensa ilegal (conformada por los bloques que se formaban en distintas zonas del país). A través de ese sistema se definían las “operaciones especiales” con el propósito de llevar expansión económica a las zonas productivas. Estas acciones incluían el despojo territorial de campesinos y pequeños agricultores en beneficio de empresarios, políticos y narcotraficantes que se quedaban con las tierras desposeídas. La expropiación y subsiguiente titulación se ejecutaba con la anuencia de las instituciones porque las autodefensas eran los que definían los cargos políticos y administrativos  a todo nivel, incluso en las más altas instancias gubernamentales.

 

Al ser interrogado sobre su papel en la eliminación de los miembros de la Unión Patriótica, respondió que el responsable de esa operación fue el Estado. Explicó que la motivación principal era el temor de que el país se convirtiera en otra Cuba. Se refirió además a la necesidad de lograr el poder para dar “solución a  la problemática de las regiones”.  Las supuestas problemáticas era la intromisión de los ideólogos que según su criterio ayudaban y apoyaban a las Farc. Por eso las AUC se tomaron las instituciones y las universidades, donde se creía que abundaban los infiltrados de la guerrilla.

 

Por su parte, el exjefe de las Farc admitió que el objetivo de la guerrilla era tomarse el poder político. La gran frustración fue que nunca lo lograron. En el proceso de lograr un cambio en las estructuras del país y con la caída del muro de Berlín, se vieron obligados a financiar su lucha por varios medios: secuestro, extorsión y finalmente alianzas con el narcotráfico. Lo paradójico es que los paramilitares lograron lo que no pudo la guerrilla, tomarse el poder político a través de la famosa parapolítica que tuvo su auge en la administración que gobernó el país del 2002 al 2010.

 

Los líderes de los bandos que mantuvieron el país en una confrontación sangrienta por varias décadas se mostraron humildes y pidieron perdón a sus víctimas ante la mirada incólume de Francisco de Roux y de miles de espectadores que siguieron la transmisión por Youtube. Al final queda flotando en el aire una serie de preguntas incómodas. ¿A quién se refiere Mancuso cuando nombra al Estado como el cerebro principal en esta guerra? ¿Quiénes son los que mantienen el proyecto político económico militar todavía vigente? ¿Qué factor juega el narcotráfico en todo ese entramado? Cabe la ligera esperanza de que al conocer las “verdades” de estos sujetos se develen los factores de persistencia que continúan activos desde los núcleos del poder y se destapen a los ejecutores que continúan el mismo esquema de perseguir, amedrentar y aterrorizar las regiones donde se urden los intereses económicos y políticos.

 

 

 


 


sábado, 15 de mayo de 2021

Y derribaron estatuas

Elvira Sánchez-Blake                                                                                                             

Las estatuas de los colonizadores son la expresión del racismo, la discriminación y la violencia estructural en contra de los pueblos indígenas.

Óscar Montero, líder kankuamo

                                            

El derrumbe de monumentos a conquistadores  que ocupaban lugares principales en grandes ciudades de Colombia ha llamado la atención por su gran simbolismo. Pese a que muchos se rasgan las vestiduras apelando al valor artístico, el patrimonio cultural y al legado histórico, es admirable la osadía de quienes revierten el discurso histórico, rescatan el patrimonio ancestral y desmontan el legado colonialista que sigue vigente en Colombia.

 

Derribar estatuas es visto como un acto de agresión y vandalismo. Sin  embargo, es una acción de un alto valor simbólico. Los monumentos a Gonzalo Jiménez de Quesada y a Sebastián de Belalcázar pretendían enaltecer el hecho de ser los fundadores de las ciudades de Bogotá y de Cali respectivamente. Pero eso es una falacia. Estos hombres no fundaron. Ellos invadieron, despojaron y arrasaron las ciudades y culturas que ya existían en estos lugares y arrancaron las raíces étnicas a sus pobladores. Al desmontar las estatuas, se está reivindicando el pasado histórico verdadero y subvirtiendo el significante del significado con que se ha querido perpetuar el genocidio de la colonización.

 

Las protestas que han surgido en Colombia en mayo del 2021 son un reflejo del estallido social de un país que no aguanta más: despojos, humillaciones, injusticias y desmedro de los derechos humanos. Se revela un despertar de conciencia de doscientos años de opresión. Como parte de esta conciencia, las nuevas generaciones ven en los monumentos que adornan las grandes ciudades un legado de esa invasión perpetua, y comprenden que estas estatuas no nos representan ni poseen el valor que se les ha atribuido. Los indígenas de la comunidad misak se atrevieron a derrumbar las estatuas de los invasores y con ello han sentado un mensaje sin precedente: descabezaron al agresor.

 

Los monumentos que exaltan el pasado de invasión y la violencia que nos despojó de la cultura original no merecen un espacio público ni pueden ser considerados patrimonio cultural de un pueblo.  Los indígenas reivindican sus derechos y su cultura al derribar los símbolos de quienes borraron su historia. Sobre la razón del derrumbe de estatuas, el líder kankuamo Óscar Montero, expresó: “Los pueblos indígenas piden la apertura de un debate público junto a las instituciones gubernamentales, así como la reubicación de las estatuas de los conquistadores que están en las plazas públicas para que se narre la historia no contada” (AP, 7 de mayo, 2021).

 

El desmonte de monumentos ha ocurrido en momentos estelares de países en que se produce un cambio de esquemas. Así sucedió cuando la estatua de Sadam Hussein fue derribada durante la guerra de Iraq y fue objeto de ovaciones por parte de la comunidad internacional. En Estados Unidos se derribaron estatuas de los presidentes esclavistas en respuesta al asesinato de George Floyd el verano pasado. La población afroamericana se rebeló contra el sistema racista que perpetua los símbolos de un pasado de opresión extrema. Un gran segmento de la población norteamericana aplaudió estos actos como reivindicación de los derechos afros y humanos.

 

Los colombianos que se dan golpes de pecho por la agresión contra las estatuas deberían condolerse de los jóvenes que han sido asesinados, de las mujeres violadas, de la persecución contra lideres sociales. Condenen los abusos de la fuerza pública y la violencia de todos los frentes que han suscitado las marchas en Colombia. Los que consideran que derribar estatuas son actos vandálicos, los invito a pensar en las acciones que cometieron los sujetos de las estatuas: conquistadores que entraron sin permiso en una tierra que no les pertenecía, despojaron a sangre y fuego, agredieron, expropiaron y aniquilaron toda una civilización, al punto de que no tenemos conciencia real de quienes fueron nuestros verdaderos antecesores. Más grave aún es que después de un proceso de independencia, los esquemas de la colonización continúen en vigor en manos de lo que Ricardo Silva Romero llama “macrocolombianos”:

 

Ha sido increíble que una vez desterrado el imperio se hayan dado e instalado estas élites armadas con sus aires de amos, de colonialistas, de arios, de predestinados, de escoltados. Son macrocolombianos, sí, han vivido y resucitado con un sexto sentido para hacer trizas todas las reformas urgentes que han hecho en busca de reconocimiento político… y han mirado con miedo, con asco, con sorna y con desdén  –como cumpliendo una misión, han saboteado la democracia propuesta desde la Constitución de Rionegro hasta el acuerdo de paz con las Farc— y han impedido que sea claro que Colombia no es un problema práctico, sino histórico (El Tiempo, 13 de mayo 2021).

 

La protesta en Colombia es el resultado de todas estas macropoliticas erradas en manos de élites como las que describe Silva Romero. El estallido social  refleja el descontento de un pueblo oprimido y cansado de tantos desmanes. No es de extrañar que derriben las estatuas y símbolos que perpetúan estos modelos de dominación.

 

 

lunes, 15 de febrero de 2021

El periodismo amenazado

Por Elvira Sánchez-Blake

 

En su novela 1984, George Orwell presenta una parábola de lo que pasaría en una sociedad en que se coarta la libertad de pensamiento y de palabra y se instaura una versión dictada por un poder central dominante. Esta parábola se aplicaba a regímenes totalitarios que imperaban en los años cuarenta en Europa. En pleno siglo veintiuno se aplica a varios países, en especial a Colombia, donde el periodismo cae en un derrumbe silencioso y sistemático a través de una estrategia deliberada de institucionalización del miedo.

La visión distópica de la novela de Orwell tiene como componentes la existencia de un Gran Hermano (Big Brother) que controla el flujo de información en un país ficcional llamado Oceania. La historia del país ha sido manipulada, así como el lenguaje, para crear uno nuevo llamado “Newspeak”, el cual elimina palabras que no se ajusten al modelo oficial. La estrategia de control incluye la policía del pensamiento y aparatos que observan a todos los ciudadanos para impedir que estos se aparten de las regulaciones existentes. El control se refuerza por medio del constante flujo de propaganda para adoctrinar a la población sobre la forma de pensar y opinar.


Orwell fue un visionario al entrever la forma de control del pensamiento cuando aun no existían los avances tecnológicos que hacen posible subyugar a la población bajo un constante flujo de información manipulada al antojo de los grandes poderes. En Estados Unidos se hizo  evidente durante la pasada administración a través del control de la información –fake news—o información alternativa, con estrategias tan efectivas como la falsa teoría sobre las elecciones fraudulentas basadas en información distorsionada, lo cual generó un consenso falso en un sector de la población. El resultado precipitó una reacción brutal contra la institución máxima de la democracia, solo que esta sí fue real.

En Colombia el periodismo ha caído vertiginosamente en manos de los poderes políticos y económicos que manejan el país. Ha sido un proceso silencioso, pero calculado y metódicamente ejecutado. Lo vemos en la salida de conocidos columnistas y directores de los medios más representativos; en la compra de los periódicos y revistas de mayor circulación por parte de los grandes emporios económicos. Últimamente, en la presión y silenciamiento de los reporteros que escriben sobre temas de actualidad política o de orden público. Para lograr este fin los poderosos han utilizado una estrategia de someter la opinión pública a un clima de opinión pasivo por medio de lo que se conocen como “institucionalización del miedo”.

El concepto de opinión pública tiene muchas connotaciones.  Se refiere al consenso social de un conjunto de perspectivas en un estado donde prima la libertad de expresión. Pero, la opinión pública es también fácilmente manipulable. Noam Chomsky acuñó el término “manufacturing consent” para referirse a la fabricación de opiniones concertadas sobre asuntos que favorecen a los sectores políticos y económicos. Esto se logra a través de modelos de propaganda con un propósito social que defienden la agenda política de los grupos privilegiados. Así es fácil crear un enemigo común que se impone como un fantasma sobre la población, como es el caso del “socialismo”, el cual ha resultado muy efectivo para lograr la hegemonía de gobiernos de ultraderecha en la Américas.

Para que estas estrategias sean efectivas, se acude a las disposiciones y actitudes preexistentes de la población a frente a temas sensibles como la estabilidad económica y social. Es lo que Elizabeth Newmann denomina “el clima de opinión, el cual se crea por medio de una agenda deliberada de desinformación.  La creación de este clima puede terminar por envolver e influir fatalmente a sectores de la población hasta llegar a provocar reacciones previsibles. Así como ocurrió con la toma del Capitolio en Estados Unidos el pasado 6 de enero.

El clima de opinión en Colombia ha venido creciendo a través de una agenda de instrumentalización del miedo. La amenaza del “socialismo” es la agenda más fácil de manipular porque obedece al modelo que se instauró desde los años cincuenta para imponer métodos de represión. Bajo el pretexto de que todo se justifica con tal de prevenir el comunismo, las agendas de poder instauraron sistemas hegemónicos de opresión que continúan hasta ahora. El modelo de un socialismo errado del país vecino ayudó a justificar la agenda de desinformación y manipulación del clima de opinión. Gracias a esta estrategia la gente no se pregunta sobre los valores o capacidades  de los candidatos a cargos públicos. Basta el hecho de que no sean “socialistas” o adherentes a ideologías progresistas, para darles su voto y apoyo total.   De esta forma, los medios de comunicación en Colombia han caído bajo la instrumentalización del miedo como una forma de sometimiento al Big Brother del que hablaba Orwell.

 


Antonio Caballero, quien se vio obligado a salir de la Revista Semana para acallar su pluma aguda e inconforme, opina que lo que está pasando en Colombia obedece a la quiebra económica de la prensa:  

Tener un diario no es un buen negocio… Es un lujo que solo pueden darse unos cuantos multimillonarios. O por supuesto, los gobiernos: pero la prensa de los gobiernos es exactamente lo contrario a la prensa libre. Y los intereses de ese puñado de multimillonarios suelen ser muy distintos de los lectores comunes de la prensa.

Esto lleva a que los grandes medios hayan caído en manos de los poderes políticos y económicos, como en efecto sucedió con El Tiempo, El Espectador, Revista Semana y los canales de radio y televisión. No es de extrañar que como consecuencia se derrumbe la conciencia moral en la que descansa la opinión pública de una sociedad libre.  Eso es exactamente lo que denunció Margarita Rosa de Francisco, en  columna “Dilema ético” publicada en El Tiempo 10 de febrero pasado, en donde se atrevió a señalar la confabulación entre estos dos poderes para cercenar la libertad de expresión: 

¿Cómo no preguntarme por la forma como están articulados los poderes hoy en Colombia? ¿Cómo hacerme la desentendida cuando todos los días periodistas denuncian la corrupción empresarial asociada con la política, las autoridades de justicia, el paramilitarismo y el narcotráfico? 

 de Francisco fue más osada todavía al señalar a los innombrables más poderosos, que todos pueden reconocer sin necesidad de apelativos.

¿Cómo no pensar en personas más innombrables que “el innombrable”, dueños  de todo el país… ¿Cómo no empezar a gritar que no es “el que diga Uribe”, sino el que diga el más innombrable e intocable de todos, ese que alguna vez se ufanó de mandar a confeccionar leyes a su medida?”… ¿Cómo no querer que algún día se desarticule esa ligazón infame entre poder económico y poder político que fabrica analfabetismo, hambre, enfermedad y violencia en la vida del colombiano olvidado de Dios y del Estado?

La columnista sabía de antemano que estas palabras la llevarían a su despedida inmediata del periódico por sindicar a los poderosos más poderosos del país.  Luz Ángela Sarmiento, directiva editorial de El tiempo, le responde con una carta publicada en el mismo diario, en la que recrimina sus acusaciones y le advierte: “sus difamaciones vulgares no serán toleradas nunca en este periódico”.  Me pregunto si al lanzar esta amenaza soterrada hablaba el Gran Hermano orwelliano o la hija del magnate,  a la que no le asiste más mérito que formar parte del poder oficial por su relación de parentesco.

¿Cómo contrarrestar este clima de opinión que cada vez nos envuelve y nos silencia sin tan siquiera darnos cuenta? Es verdad que actualmente tenemos acceso a medios alternos como las redes sociales, en donde se pueden leer a los periodistas serios que han sido expulsados del paraíso. Gracias a los portales como Los danieles, Verdad Abierta, Las dos orillas y otros medios digitales, es posible aferrarnos a una brizna de verdad y de pensamiento crítico. Lo malo es que son pocos los que acceden a esos medios y se quedan en la nebulosa de conciencia inmoral dictada por los poderes dominantes y abusivos.

Fuentes

Behar, Olga. “Hablan expertos sobre el día del periodista”. Video clip. Tercer Canal, 9 de febrero, 2021.

Caballero, Antonio. “Pasquines”. Los Danieles: Columnistas sin techo.  7 de febrero, 2021.

Chomsky, Noam. Manufacturing Consent: The Political Economy of Mass Media.  Pantheon Books, 1988.

De Francisco, Margarita Rosa. “Dilema ético”.  El Tiempo. 10 de febrero, 2021.

Noelle Newmann, Elizabeth, La espiral de silencio: opinión pública: nuestra piel social. Barcelona, Paidos, 1995.

Orwell, George. 1984 Nineteen Eighty-Four. A novel. London: Secker & Warburg, 1949.

 

 

 

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

El triunfo del trumpbismo

Elvira Sánchez-Blake


La estrategia del catrochavismo tuvo un éxito rotundo en las elecciones de Florida. Dicha estrategia ideada por el uribismo, ganó el plebiscito que rechazaba el Acuerdo de Paz en Colombia en el 2016, y llevó a la presidencia al pupilo del Caudillo en la contienda presidencial del 2018.  No contentos con esos triunfos,  acaba de ganar el voto hispano que aseguró los 29 votos electorales de Florida a favor del candidato republicano de Estados Unidos.

 

Todo parece indicar que la campaña de Trump contrató los valiosos servicios del Centro Democrático para asegurar el triunfo sobre los hispanos en Florida. Al igual que en las campañas que tuvieron éxito en Colombia, utilizaron un discurso manido basado en la amenaza del  socialismo castrochavista.   Esta campaña persuasiva resultó ser de una efectividad admirable sobre una población incauta, incapaz de análisis crítico, y de falta de conciencia sobre los verdaderos peligros que nos acechan.

 

De nada valen las evidencias del gobierno de Trump con sus políticas fallidas en todos los ámbitos. No solo la economía ha resultado ser una falacia que se derrumbó cuando apareció el Covid. Ni la incapacidad demostrada  en el manejo de la pandemia, a un nivel inferior que ningún otro país en el mundo. Tampoco es el peligro que supone desplomar el sistema de salud que ha otorgado un mínimo de cobertura a un gran número de población  más desprotegida. Ni que hablar de la negación de la ciencia y la eliminación de  políticas de protección ambiental, causando desastres naturales como los incendios forestales del oeste del país y la falta de medidas para prevenir catástrofes climáticas.  Lo más doloroso es que los hispanos que votaron por Trump no se dan por aludidos ante la campaña de odio contra los hispanos, la persecución a los inmigrantes, la xenofobia desplegada contra todos los latinos por igual. La separación de los padres e hijos en la frontera es una de las políticas más inhumanas contra un grupo étnico solo comparable con el holocausto nazi.

 

Ninguna de estas evidencias fue suficiente para contrarrestar el discurso castrochavista nefasto del trumpbismo. Los latinos de Miami se unieron a las marchas y caravanas en pro de su líder con arengas que despotricaban contra el peligro de instaurar un gobierno como el de Maduro, Ortega o Castro. ¿No se dan cuenta acaso de que el caudillo al que rinden culto es mucho más  parecido a  estos personajes con sus ínfulas de monarca, sus tendencias despóticas y sus dotes de tirano? ¿No perciben que es mucho alarmante el rumbo que ha tomado el gobierno dirigido a convertir al país en un modelo de dictadura que coarta los derechos civiles individuales?  No han comprendido que cada vez se implanta con mayor fuerza  el supremacismo blanco con el apoyo de milicias armadas similares al sistema paramilitar que prevaleció y co-gobernó en Colombia durante la primera década del milenio?

 

Por fortuna, Florida es solo un estado, y pese a que la desilusión del proceder de los hispanos es mayúscula, no va a prevalecer, porque el resto del país tal vez demuestre que es posible cambiar el rumbo del país y retornar a un gobierno democrático de respeto y dignidad.


miércoles, 6 de mayo de 2020

El régimen de la democradura


Por Elvira Sánchez-Blake

El 3 de mayo del 2020 la Revista Semana reveló un informe por el cual la alta cúpula del Ejército colombiano ha realizado interceptaciones y chuzadas a periodistas, ONGS, magistrados y abogados que investigan o reportan sobre derechos humanos o que denuncian las acciones indebidas de las autoridades. 

Ejército colombiano ejecutó durante 2019 un programa masivo de espionaje que terminó con la eleboración de más de 130 perfiles de periodistas, defensores de derchos humanos, políticos, militares y hasta altos funcionarios de la Casa de Nariño.
 
Este es uno más de los escándalos que resurgen en el país cada cierto tiempo sobre este tipo de eventos. En este caso llama la atención la interceptación de periodistas extranjeros, como es el caso de Nicholas Casey, del New York Times, quien denunció el resurgimiento de los Falsos Positivos en mayo del 2019.  El organigrama descubierto entre los documentos del Ejército sobre el periodista era tan detallado y sucinto, con información sobre todos sus pasos, conexiones, amigos, familia, y relacionados, que pone los pelos de punta. 

El mismo esquema revela en detalle el seguimiento a 30 periodistas entre nacionales y extranjeros.  Entre ellos, se contaban corresponsales estadounidenses que reportan sobre Colombia  para medios como NPR o Wall Street Journal.  Las carpetas descubiertas ponen al descubierto detalles de la vida privada de los perfilados, tales como contactos familiares, amistades, dirección, teléfono y hasta las multas de tránsito. Lo significativo del caso es que mientras los periodistas colombianos se han habituado a  operar bajo amenazas y seguimientos, los reporteros internacionales no habían sido blanco de estas chuzadas.  Las carpetas de seguimientos incluyen también a abogados del Colectivo Alvear Restrepo,  al director de Human Rights Watch para las Américas, José Miguel Vivanco, y a magistrados de la Corte a cargo de casos judiciales de altas personalidades políticas.

Pero, igual que sucedió hace treinta años cuando mataron a Luis Carlos Galán, a Bernardo Jaramillo,  a Héctor Abad Gómez, o hace 23 años, a los ambientalistas del Cinep, Mario Calderón y Elsa Alvarado;  a los penalistas, Jesús María Valle y Eduardo Umaña,  al humorista Jaime Garzón, y más recientemente, a los líderes sociales, no pasa nada.  Como bien señala el reportaje de Semana: “el Ejército ha soportado varios graves escándalos. Todos han estado involucrados, directa o indirectamente, en operaciones cuestionables. Cuando estas quedan al descubierto y estalla el escándalo, siempre ocurre lo mismo: los integrantes son trasladados a puestos administrativos por sus jefes mientras la marea del escándalo baja y meses después regresan para comenzar un nuevo encargo.”

Lo más alarmante del caso es que estos escándalos solo ahondan la polarización del país. Mientras unos se alarman ante las revelaciones, son más los que apoyan este tipo de interceptaciones bajo el infame argumento, “no importa lo que hagan los militares si salvan al país del 'comunismo'”. Este argumento es tan perverso porque sirve para justificar cualquier actuación indebida por parte de la institución a cargo de salvaguardar al país.  La continua acusación de ”izquierdistas” a personas que se ocupan de  reportar abusos de violencia o de derechos humanos, así como de defender a poblaciones marginadas, ha sido causal y motor de una gran cantidad de crímenes que se cometen y se siguen cometiendo en el país. Es la justificación perfecta para seguir perpetuando la supervivencia de una “democradura” (democracia-dictadura), término acuñado por Javier Giraldo para denominar  un modelo de estado que impone un régimen de dictadura bajo una fachada de democracia.

Los que piensan que el Estado de derecho se rige por la persecución a periodistas, abogados, juristas que denuncian las violaciones  de derechos humanos y combaten las arbitrariedades de las autoridades, bajo la supuesta defensa contra el “comunismo” están muy equivocados.  Esta es una falacia indecente y por sobre todo, una manipulación de las conciencias, de las mentes débiles, mal informadas, y ausentes de criterio propio.  Ya basta de los sofismas de distracción que pretenden defender a los “buenos” de los peligros del “comunismo”.   Las interceptaciones ilegales por parte de las altas esferas de los mandos militares es un acto execrable que merece los máxima condena por parte de todos los segmentos de la población. No hay excusa para tanto cinismo.









[1] https://www.semana.com/nacion/articulo/the-new-york-times-responde-a-los-seguimientos-del-ejercito-colombiano/667721.

martes, 7 de abril de 2020

La locura colectiva en tiempos de Coronavirus


Por Elvira Sánchez-Blake


            ¿Cuántos ciegos serán precisos para hacer una ceguera?
                                                                                                (José Saramago)


Nunca antes nos habíamos visto enfrentados a una situación como esta: confinados al aislamiento social bajo la amenaza intangible de un organismo invisible con más poder que un arma nuclear.  La amenaza no tiene un color político, no es de izquierda ni de derecha. Aunque muchos quisieran atribuirla a sus enemigos ideológicos. No respeta razas ni procedencias étnicas, ni a ricos ni a pobres.  Todo el planeta se encuentra amenazado.  La única defensa: distancia social y encierro total.  El mayor riesgo de esta medida es caer en la locura colectiva y paranoia generalizada. Lo cual ya está ocurriendo.

Resulta que el ser humano es social por naturaleza y la separación de sus semejantes puede resultar en una perturbación mental más peligrosa que la enfermedad que se intenta prevenir. El encierro obligado aun en compañía de “seres queridos” impone una convivencia constante que degenera en desavenencias agudizadas por el miedo de contraer el virus letal.

Este clima de irritabilidad se exacerba si vivimos pendientes de las noticias que provienen del exterior a través de la televisión y las redes sociales.  El bombardeo de noticias continuo sobre los datos crecientes de la pandemia y las tasas de mortalidad genera un estado de ansiedad.  Si a esto se suman las cifras de la caída abismal de la bolsa de valores y el colapso inevitable de la economía, la ansiedad se convierte en terror.  Mientras en una pantalla las curvas suben exponencialmente, en la otra, bajan a un ritmo acelerado. Una mala combinación para el cerebro que procesa datos diametralmente opuestos a lo que está en capacidad de procesar.

Algunos hablan del apocalipsis y del fin de los tiempos. No, eso no es tampoco. Otros de una catástrofe natural y de la venganza del planeta. Hay quienes acuden a fuerzas sobrenaturales.  Hay que ver solo el número de mensajes por las redes sociales de videntes, oráculos y prestidigitadores que anunciaron esta pandemia.
  
Creo  que más alarmante que el contagio del virus, es caer en inestabilidad mental.
Los elementos están dados: paranoia informática, obsesión, desajuste del mundo natural; inestabilidad de los actos cotidianos, encierro y enervamiento. Una distopía total.

Nuestro mundo ha cambiado, pero es nuestra responsabilidad  mantenernos cuerdos y racionales ante la adversidad que nos envuelve. Es el deber de cada individuo proteger a sus seres queridos, manteniendo serenidad bajo un régimen de salud física y mental dentro del marco que proporcione estabilidad. Si el Papa les da consuelo, miren al Papa; si escuchar música apacigua el espíritu, dedíquese a escuchar, cantar o interpretar música.  Si el arte le proporciona serenidad, despliegue su creatividad.  Si lo suyo es  hacer ejercicio, se puede hacer en variadas formas aun en medio del encierro.  Lo más recomendable es leer, leer, leer y escribir.  Hay muchas formas de mantenerse sanos dentro del caos.  Esa es la principal responsabilidad que tenemos como individuos racionales  en momentos de desequilibrio mundial.

lunes, 24 de febrero de 2020

La fosa del horror

Por Elvira Sánchez-Blake


Es increíble que en Colombia pasen estas cosas. Los colombianos nos asombramos de las violaciones de derechos humanos de Venezuela  Cuba y México, y reaccionamos con horror ante las torturas y desapariciones ocurridas en Chile, Argentina y Uruguay durante la Guerra Sucia.  Pero, en nuestro país suceden hechos más atroces e impensables, como la reciente fosa común descubierta en el Cementerio de Las Mercedes en Dabeiba, Antioquia.  En este sitio fueron encontrados  más de 50 cuerpos ejecutados para hacerlos pasar como bajas en combate por el Ejército Nacional. Esta muestra de deshumanización es comparable solo con los actos más abyectos de que se tenga conocimiento en la historia del mundo.

La Revista Semana fue el primer medio en documentar el hallazgo de la fosa en su edición de diciembre del 2019.  Al parecer, unos soldados que participaron en la operación, otorgaron los datos y gracias al concurso de la Jurisdicción Especial para la Paz se empezó a excavar en el cementerio y encontraron los cadáveres, algunos envueltos en bolsas y otros tirados al azar.  Varios de los cuerpos habían sido desmembrados.  El soldado declaró que  la mayoría de las víctimas eran traídas de Medellín. Escogían jóvenes incapacitados o de extracción humilde, a quienes mataban y luego camuflaban con trajes y botas pertenecientes a la guerrilla. Los oficiales recibieron premios con bonificaciones y descansos por parte de los mandos superiores.  Todo esto sucedió en los años 2006 y 2007 bajo el mandato  de la Seguridad Democrática. 

La semana pasada las pruebas de ADN practicadas por funcionarios de la JEP  identificaron el primer cuerpo perteneciente a Edison Lezcano, un hombre de 23 años que no tenía ningún antecedente criminal ni nexos con la guerrilla, y que se dedicaba a cultivar la tierra con su familia. Los padres y familiares celebraron la noticia y pudieron finalmente enterrar los restos de su hijo en un osario del cementerio con su nombre y datos personales.

Llama la atención la ligereza con que ha sido tratada esta noticia.  Hasta ahora se han registrado algunas reacciones en la prensa, pero las fuerzas militares siguen tan campantes y el gobierno ni siquiera ha hecho mención de este hallazgo. Por el contrario, condecoró a los generales más implicados en los Falsos Positivos.  La JEP anuncia que continuará las investigaciones y el proceso para identificar culpables. Pero, si usted le pregunta a cualquier colombiano, aquí no pasa nada.   

En casos parecidos ocurridos en la historia del continente, las fosas comunes han sido la clave para desatar la ira colectiva de todo un país y para procurar castigos a los culpables e indemnizaciones a los allegados a las víctimas.

El caso paradigmático es Chile, donde todos sabemos los  horrores cometidos por la dictadura militar de Pinochet. Al término de su mandato y tras investigaciones de la Comisión de la Verdad, se encontraron varias fosas comunes: la fosa de Pisagua en el desierto de Tacama, donde se encontraron 15 cuerpos fusilados.  En Copiacó, se descubrió otra fosa con 13 cuerpos y en el Patio 29 del cementerio general de Santiago, fueron halladas más de cien víctimas de la dictadura.  Todos estos sitios han sido declarados monumentos nacionales a la memoria con la promesa de Nunca Más.

Los militares chilenos involucrados fueron procesados. El mismo Pinochet se vio obligado a comparecer ante la justicia, pese a que nunca fue condenado. Los hechos se conocieron  y desataron el furor del mundo entero.  Para hacer otra triste comparación, el número de desaparecidos en Chile llegó a 40.000.  En Colombia no hay una cifra exacta, porque siguen desapareciendo, pero suman muchísimos más de 100.000 hasta la fecha.  Lo peor es que no hay un punto final a estos horrores que ya ni siquiera causan espanto. Hemos sucumbido a la anomia, a la incapacidad de reaccionar ante las atrocidades, porque se convierten en una noticia más dentro de las muchas que suceden en la cotidianidad.